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Agricultores
pobres son víctimas de activistas
Prasanna Srinivasan
Miércoles,
4 de febrero de 2004
Nueva Delhi (AIPE)-
Cada día, en los campos de los países pobres, los agricultores
confrontan una tenaz lucha contra un enemigo implacable que trata de
destruir sus cosechas. Al igual que en la guerra contra el terrorismo,
ese enemigo desarrolla nuevas estrategias constantemente. Aunque los
insectos, las bacterias y las malezas no cometen actos de terrorismo,
siempre han sido un formidable enemigo de los agricultores alrededor
del mundo. Hoy, 2.500 millones de personas dependen de la agricultura
para vivir. La agricultura alcanza casi 25% del PIB en los países
pobres, donde cerca del 58% de la población se dedica a labores
del campo.
Antes del invento
y desarrollo de tecnologías modernas contra las plagas, todos
los campesinos practicaban la agricultura orgánica, con el resultado
que más del 80% de las cosechas se perdían, destruidas
por las plagas.
Las tecnologías
modernas han sido de inmensa ayuda en esa eterna lucha de los campesinos
contra las plagas. Así han logrado aumentar la productividad
de sus tierras, lo cual les permite generar mayores ingresos. Más
altos ingresos les permite salir de la pobreza y mejorar el nivel de
vida de sus familias. En la India, mi país, la agricultura representa
cerca del 25% del PIB.
Hoy día,
poderosos grupos quieren imponernos el retorno a la agricultura orgánica.
En la India, cerca de 700 millones de agricultores la aplican involuntariamente
porque simplemente no pueden costear las nuevas tecnologías que
aumentarían drásticamente su productividad. Esto los obliga
a ser agricultores de subsistencia y a producir casi exclusivamente
para su propio consumo.
En algunas naciones
se avanza exitosamente en la lucha contra la pobreza. Pero en países
como China, Malasia y Costa Rica los productores agrícolas no
reciben jugosos subsidios del gobierno, como es el caso en Estados Unidos
y Europa. Lo que sí necesitan los agricultores de esos países
es acceso a las tecnologías que les permita mejorar su productividad,
para poder competir en los mercados mundiales y aumentar sus ingresos.
Un ejemplo de esas
tecnologías es el Paraquat. Se trata de un pesticida desarrollado
hace 40 años en Malasia con el fin de sustituir a otros pesticidas
de alta toxicidad. El Paraquat se ha convertido en un arma muy eficiente
para luchar contra las plagas: es barato, seguro y sus propiedades son
adecuadas para los ambientes tropicales. Los cultivadores de palmas
en Malasia ganan hasta 9 dólares más por tonelada gracias
al Paraquat.
A lo largo de las
últimas cuatro décadas, el Paraquat ha sido objeto de
análisis científicos y ha sido aprobado por agencias reguladoras
de más de 100 países, incluyendo Europa y Estados Unidos.
También ha sido aprobado por la Organización Mundial de
la Salud. Estos estudios han comprobado que el Paraquat es seguro, no
contamina el agua y no se acumula en la cadena alimenticia.
Sin embargo, activistas
ambientales adelantan una campaña para exigir la prohibición
mundial del Paraquat. Esos activistas no toman en cuenta las evidencias
científicas. Ellos aspiran a eliminar el uso de todos los productos
químicos en la agricultura, alegando supuestos efectos nocivos.
La realidad es
que gracias a esos productos rechazados por los ambientalistas se han
erradicado las hambrunas. La tecnología moderna contra las plagas
agrícolas ha mejorado considerablemente la nutrición y
la esperanza de vida de miles de millones de personas, a la vez que
ha reducido significativamente los precios reales de los alimentos,
en 75% desde 1960. Además, estas tecnologías han tenido
un impacto ambiental muy positivo al aumentar la productividad de las
cosechas. El Paraquat, por ejemplo, al contribuir significativamente
a aumentar las cosechas, ha hecho innecesario que los campesinos destruyan
bosques para convertirlos en nuevas tierras agrícolas.
Esa mortal campaña
ambientalista es promovida por grupos elitistas de países occidentales
que no conocen o no les importa la pobreza y la miseria del tercer mundo.
En vez de escuchar a esos bien financiados activistas ambientales, los
países en desarrollo deben llevarse por la evidencia científica.
De lo contrario, estarán promoviendo un retroceso en la lucha
mundial contra la pobreza y el hambre.
(*): Consultor
en tecnología agrícola de Nueva Delhi, India.
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