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Artículos
de Opinión
El
temperamento liberal
Roberto Salinas León
El liberalismo es objeto constante de crítica. Candidatos
presidenciales, miembros de la intelligentsia, periodistas, miembros
de la clase corporativista, líderes clericales, de la derecho,
de la izquierda-estos, y varios otros, se unen en ubicar al liberalismo
como la fuente principal de nuestros problemas contemporáneos.
En la región latinoamericana, es prácticamente obligación
moral detestar y despreciar al liberalismo.
La interrogante natural, por ende, es ¿qué es el
liberalismo? En cierta medida, esa es una parte principal del problema.
Hay "liberales" de todo tipo; y todos, sin excepción,
ofrecen su particular definición al respecto. En las palabras
de un observador, cada liberal moderno es, a la vez, participante
de una herejía, pero parte de una secta. Empero, entre las
diferencias y las distinciones, hay un común denominador.
¿Cuál es? La respuesta parecería obvia: la
libertad. Pero la libertad en su expresión total, en todas
sus dimensiones, conlleva una actitud específica, un temperamento
ante el conocimiento, el temperamento liberal. Esta es una forma,
quizá la correcta, de entender el liberalismo-no como doctrina,
o tesos, o receta preconcebida en las aulas académicas, no
como algún consenso político o pacto general. El liberalismo,
así visto, es una actitud ante el conocimiento, ante la realidad
externa-un temperamento humilde, que se adapta a los cambios, pero
que privilegia lo conocido sobre lo desconocido, la tradición
histórica sobre el heroísmo de un caudillo salvador.
En una sociedad abierta, todos tienen visiones y valores, pero
en esta sociedad, la norma capital es que ningún miembro
de la sociedad puede imponer su visión sobre otros. Esa es
la fuente de la libertad: las decisiones normativas del deber ser,
de qué hacer, cómo hacerlo, se toman en forma independiente
de una previa concepción de cómo se debe vivir la
vida del ser humano-independiente de la concepción del nacionalismo
histórico, o del fundamentalista islámico, de un proyecto
alternativo de nación, del tecnócrata iluminado, del
ingeniero social, vaya, de aquellos que presumen un monopolio sobre
la verdad.
Mario Vargas Llosa captura este ingrediente capital del liberalismo
como actitud, o temperamento, cuando nos dice: "el liberal
que aspiro a ser es uno que ve en la libertad un valor fundamental."
Es, gracias a la libertad, a dejar hacer, a respetar las visiones
de otros, que la humanidad ha prosperado, que ha pasado de las cuevas
a las estrellas, de la tribu al correo electrónico. Y ya
nos decía nuestro gran liberal mexicano, José María
Luís Mora, es por ello que la libertad aborrece el despotismo.
Para ejercer la libertad, se requiere una serie de instituciones
que eviten imposición de visiones sobre nuestros conciudadanos-se
requiere un marco de derechos que protejan que lo que es de uno,
es efectivamente de uno, o sea, derechos de propiedad; y se requiere
un sistema de justicia que imparta decisiones bajo la premisa de
igualdad de oportunidad, o sea, estado de derecho.
Este es el temperamento de una sociedad abierta, el temperamento
liberal: aquel que celebra la migración, la pluralidad racial,
la diversidad política, el derecho al respeto ajeno. Es el
mismo temperamento que ve con escepticismo los híbridos como
"liberalismo social" o la pretensión "constructivista"
de erigir, ex nihilo, sin historia o tradición, algo totalmente
nuevo, una nueva sociedad que refute el pasado y "cambie"
el futuro. Por ello, el liberal habla de imponer límites
al uso de la autoridad-y por ende, de abandonar la vanidad de, digamos,
planear, orientar, dirigir la actividad de otros proyectos de vida.
Esa es la esencia, y la consecuencia, de toda una enseñanza
de la vida basada en la conversación del ser humano con la
historia, en el temperamento liberal.
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